lunes, 1 de septiembre de 2008

Entre Columnas

Corresponsables

Martín Quitano Martínez

mquitanom@hotmail.com

Ahora que permanentemente escuchamos los reclamos sociales en torno a la violencia y a la impunidad, y cuando frases como la de “si no pueden, renuncien” se repiten en todos los ámbitos, y cuando miles en el país marchan contra la impunidad y la inseguridad, es necesario hacer un alto y pensar en las responsabilidades compartidas que han hecho de este país, una caldera donde los actos delincuenciales están a la orden del día.

La corrupción que desde hace tanto se enseñorea en la vida pública mexicana, no es solo un elemento más de la lacerante condición de postración en que se encuentra la sociedad, sino que es, sin lugar a dudas, origen y alma gemela de la impunidad.

La normalidad social en que conviven estas dos figuras emblemáticas del México actual es aterradora; ambas condiciones se han ido construyendo con singular atingencia desde el poder y con la colaboración de una sociedad cada vez más alejada y lastimada.

¿Los responsables?, aquellos que al amparo del manejo discrecional de las reglas construyeron fortunas, formaron la familia revolucionaria, acallaron las voces disidentes e incluso llegaron a matar; los otros más actuales, que burlaron las aspiraciones de millones que apostaron por el cambio y que en su lugar encontraron lo mismo o peor.

Una sociedad ensimismada en la lucha diaria por la sobrevivencia, con grandes carencias y desconfianzas, fue presa fácil de los vivales que, de todos los colores, han socavado hasta el extremo la posibilidad de contar con un entramado social e institucional, que nos brinde la oportunidad de construir el desarrollo.

Esta sociedad mexicana ahora tan agobiada por los sucesos que padecemos, aterrada por la violencia que de todo tipo sufrimos, debe también reconocer que tal vez tenemos lo que nos merecemos.

Y es que cada día perfeccionamos nuestra “capacidad” para sorprender al otro o a los otros, para “agandallar” o “hacer guaje” a quien se deje, violentando las reglas escritas y las de los valores y la convivencia. Al amparo de la ambición, ineficiencia y estupidez de los responsables de las administraciones públicas, reivindicamos nuestro “derecho” a ser iguales o si se puede “más listos” que ellos.

Desde niños se enseñan esos “valores”, la impunidad empieza en casa, la corrupción también. Hoy roba una goma o unos colores y no se le reprende, mañana será igual, solo que los gustos y las necesidades van cambiando. Mentir, arrebatar lo que se quiere, la violencia como un juego de poder.

Exijámonos ser mejores, en casa, en el trabajo, en la escuela. Señalemos lo que no cumpla las normas, hagamos un esfuerzo por involucrarnos en los asuntos públicos, que nos son de nosotros en particular, pero que son de todos. Seamos más comprometidos como ciudadanos, más solidarios, más responsables.

En este marco y contra todo pronóstico quisiera ser optimista, pareciera que estamos al borde del abismo, que todo está perdido, pero apuesto que no es así. Creo que, en medio de la sociedad en crisis, existen millones que no comparten estos quehaceres y que de ellos emanará la oportunidad para salir adelante; nos merecemos una oportunidad como sociedad, esa que solo será posible si la fraguamos nosotros mismos.

DE LA BITÁCORA DE LA TÍA QUETA

Los retos cotidianos del desorden y la impunidad en Xalapa, Ver., no han sido enfrentados por los apellidos “ilustres” en el poder. ¿Será incapacidad o complicidad? En lo que averiguamos, la ciudad sigue siendo un caos.

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