jueves, 14 de abril de 2011

Justicia: la forma sobre el fondo

El debate viene desde la cultura griega

Juan José Rodríguez Prats

Uno de los más graves problemas que México padece es la tendencia de nuestros jueces a privilegiar las formas sobre el fondo. Si bien en política se podría conceder, como sostenía Jesús Reyes Heroles, que la forma es fondo, esto no es válido en lo jurídico, donde hay una obligación ética de darle prioridad al fondo sobre las simples formas.

El debate viene desde la cultura griega y se refiere a dos casos ejemplares que, a pesar de plantear un conflicto idéntico, fueron resueltos en sentidos opuestos. Se trata del juicio de Sócrates –quien antepone a sus intereses personales el valor de la certidumbre que sólo se alcanza cuando las leyes y los fallos de los tribunales son incondicionalmente obedecidos– y de las reflexiones de Antígona en la tragedia griega de Sófocles, quien alega un derecho natural sustentado “en leyes no escritas e inmutables de los dioses”. Un gran jurista del derecho romano cuyo nombre se me escapa, sostenía un principio básico: “el derecho es para el hombre, no el hombre para el derecho”.

Lo anterior viene a cuento por las decisiones de nuestro Poder Judicial que una y otra vez se escuda en el argumento de que algo estuvo mal en las formas y que por ello no puede entrar al fondo de los casos. Pareciera que esto obedece más a rehuir responsabilidades que al propósito de hacer justicia.

Sucedió en materia penal con la cuestionada decisión en el estado de Chihuahua: se concedió la libertad a un presunto responsable porque los juzgadores no encontraron en el expediente suficientes elementos de culpabilidad, cuando el inculpado prácticamente confesó su crimen.

Ha sucedido en materia electoral, ante ostentosas evidencias. El Trife, una y otra vez, ha confirmado las decisiones de los órganos electorales estatales por no obrar en el expediente “pruebas contundentes” del fraude a la voluntad ciudadana.

Ahora sucede en la Suprema Corte de Justicia de la Nación, que nos acaba de recetar su decisión sobre el llamado amparo de los intelectuales. En este caso, nuevamente se privilegia la letra de la ley sobre su espíritu.

Prácticamente todos los argumentos esgrimidos por los ministros de la Suprema Corte para negar el amparo corresponden a las formas. Por desgracia, de nuevo se pierde la posibilidad de ir al fondo del asunto. Debió haber prevalecido lo que en derecho se llama suplencia de la queja. Lo importante no es si la vía adecuada para impugnar una reforma constitucional es el amparo o si generará una situación ambivalente entre quienes resulten beneficiados por el amparo en contraste con quienes no acudieron a esta vía y por lo tanto no se podrían proteger con la decisión del máximo tribunal. El meollo del asunto consistía en privilegiar el derecho a la libertad de expresión frente a una limitación que deriva de dar iguales oportunidades a los partidos políticos. Era un conflicto de valores que la Suprema Corte debió dilucidar plenamente.

Mis maestros de la Facultad de Derecho siempre insistían en Los mandamientos del abogado del jurista uruguayo Eduardo Coiture. Si la memoria no me falla, el cuarto señala que, cuando hay conflicto entre la ley y la justicia, se debe privilegiar a la segunda.

Debemos insistir en que hoy se requieren decisiones en donde haya el interés supremo de darle prioridad a la ética sobre la ley, tanto de los órganos encargados de administrar la justicia, como de los actos de gobierno. En esto han insistido los grandes filósofos del derecho como Roberto Alexi, Gustavo Zagrebelski y Ronald Dworkin. Este último afirma que el juez debe ser una especie de crítico literario que pondere todos los elementos para que su decisión tenga una suficiente reciedumbre moral e insiste en la prevalencia de los principios sobre las normas y las reglas. Si no mal recuerdo, Eduardo García Maynez, gran jurista mexicano, hablaba del principium rationis sufficientis, que, en la lógica pura, afirma que “todo juicio, para ser verdadero, ha menester de una razón suficiente”.

Toda decisión judicial tiene que contener las siguientes reflexiones: 1. En relación al derecho intrínsecamente válido. Es decir, aquella que el juez debe hacer con su conciencia en relación a los valores que deben sustentar toda normatividad. 2. Sobre el derecho vigente, el cual emana del Estado. 3. Sobre el derecho positivo, o sea el que simplemente se cumple.

Montesquieu decía que “el juez es la boca que pronuncia las palabras de la ley”, seres inanimados que no pueden más que sujetarse a su letra. No creo que sea así, todo juez debe sustentarse en una ética. Sí, juzgar es el acto más humano y difícil y requiere de una condición humana proba. En otras palabras, el juez tiene que ser un hombre recto y ello exige ir siempre al fondo del asunto, que no es precisamente la actitud que caracteriza a quienes tienen el deber de juzgar en nuestro país. El ser juez implica una “ética de carácter”, denominada ética de la virtud por algunos teóricos.

Como en toda transición democrática, estamos viviendo la judicialización de la política. Ojalá, lo digo por convicción personal, dejemos atrás esta obsesión por los aspectos legaloides para que nos animemos a asumir el deber de hacer justicia

No hay comentarios: