domingo, 17 de abril de 2011

Reflexiones sobre el Estado Fallido

Por Héctor Yunes Landa

A consecuencia del recrudecimiento de la violencia en el país, en los días recientes se han expresado algunas de las voces mediáticas más connotadas a nivel nacional en el sentido de considerar que en México existe un Estado Fallido. Como presidente del partido político opositor mayoritario en el estado de Veracruz, sería fácil incurrir en la tentación irresponsable de sumarme a esta percepción que parece tender a generalizarse entre muchos líderes de opinión.

Me parece, sin embargo, que es imprescindible hacer algunas consideraciones de relevancia y trascendencia fundamentales a este respecto. En primer lugar hablar de Estado Fallido implicaría precisar que estaríamos hablando de un Estado incapaz de cumplir las premisas del pacto social que le dio origen no sólo en lo relativo a la seguridad de sus gobernados, sino en todos los compromisos sociales, políticos y económicos que este pacto incluya. En este sentido habría que decir que si se considera el gran número de artículos constitucionales que el Estado Mexicano no ha podido cumplir desde su fundación, tendríamos un Estado Fallido en muchos aspectos como Salud, Educación, pobreza, vivienda, etc.

En segundo lugar, se debería considerar que, al igual que en muchas otras naciones, el mexicano habría sido un Estado Fallido en muchos momentos de su historia, como lo demostrarían al menos los movimientos de la Reforma y la Revolución y, quizá, la misma Independencia de México. De tal suerte que, en todos estos momentos, el Estado Mexicano habría fallado en su misión y por ello habría sido considerado fallido y habría sido necesario un cambio en la estructuración y funcionamiento del Estado.

En tercer lugar, es necesario tener en cuenta que, en todas estas ocasiones al igual que en todas las naciones del mundo, ha sido la sociedad quien ha acudido al rescate de su Estado en cada momento histórico; tanto en Francia e Inglaterra como en muchas otras naciones, en México la sociedad en pleno uso de su potestad ciudadana y de su soberanía ha luchado para empujar los cambios necesarios hasta lograr la transformación del Estado.

Por último, debe tenerse claro que el Estado surge de la Nación como producto de un Contrato Social entre los ciudadanos en uso de su potestad soberana y su poder dimana de este acto; es decir el Estado se forma a partir de la necesidad de que la Nación, entendida como una comunidad humana identificada por aspectos históricos y culturales, tenga un representante jurídico y político, aunque, hay que decirlo, algunos teóricos del Estado afirman que en América Latina fue el Estado quien dio origen a la Nación y no a la inversa, como ocurrió en Occidente; esto explicaría en parte, el distanciamiento entre el Estado y la Sociedad que existe en nuestra región y por ello la falta de participación de la ciudadanía en los asuntos públicos.

Dicho esto, si se insiste en que somos un Estado Fallido habría que separar conceptualmente Estado y Gobierno, para establecer entonces que, de asumir al Estado como Fallido, ni la culpa sería íntegramente del Gobierno ni el daño sería sólo para éste, porque la responsabilidad de lo que ocurre en el seno del Estado es, al final de cuentas, de todos los ciudadanos que integramos la Nación y, por ende, el daño será para todos los mexicanos por igual.

Si bien es cierto que la función principal del Gobierno –Federal en este caso- es conducir al Estado, también es verdad que son los tres poderes de la Unión, los tres órdenes de gobierno, los partidos políticos y todas las instituciones que conforman el Estado los responsables de su conducción; pero asimismo los ciudadanos, integrados en la sociedad civil y sus organizaciones, están llamados participar en la Cosa Pública para orientar la actividad del Estado y corregir su rumbo cuando es necesario.

De tal magnitud que la responsabilidad de lo que acontezca en el Estado, si bien tiene su representante más directo en el Gobierno, tiene también diversos grados de responsabilidad que incluyen a todos los mexicanos cualquiera que sea su participación o incluso la falta de esta, en el seno del Estado. En tal virtud, el fracaso de nuestro Estado sería un asunto de todos y, por ello, a todos corresponde evitarlo, y, si ya existe, a todos los ciudadanos nos toca rescatar a nuestro Estado para devolverlo a la senda del cumplimiento de su misión esencial. No podemos aceptar, concebir ni conformarnos con la idea de que México es ya un Estado Fallido; sería tanto como renunciar a nuestra grandeza histórica, a nuestro destino como pueblo y a nuestro futuro como nación soberana.

Creo firmemente que nadie puede tirar la primera piedra, que la clase política tiene una gran deuda con la sociedad mexicana, pero que, asimismo, la ciudadanía debe asumir un papel más exigente en cuanto a su participación en los asuntos público, o sea del Estado. Sólo si la Sociedad se decide a recuperar a su Estado y es capaz de lograrlo, México podrá tener un mejor futuro.

Pienso que nada se gana con exaltar el carácter fallido de nuestro Estado porque todos, absolutamente todos, sufriremos una gran pérdida si esto sucede; por el contrario, Sociedad y Estado, Gobierno y Ciudadanía, Instituciones y Personas, debemos preguntarnos qué papel nos corresponde jugar en esta hora difícil para México y tener el valor civil y el compromiso de llevarlo a cabo. Aquí no cuentan los protagonismos ni los partidos ni los intereses o visiones particulares, lo único que debe prevalecer es el auténtico amor a la patria, que es de todos y todos debemos defenderla como dice nuestro himno nacional: como mexicanos al grito de guerra.

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