sábado, 12 de enero de 2013

La ventana (Cuento)



Las historias de miedo, no siempre se cuentan para mandar temprano a los niños a la cama….a veces se cuentan…..para prevenir……


CAPÍTULO 1

“María”




Hace muchos años en aquél pequeño y pintoresco pueblo, vivió una mujer.
De edad más o menos madura, primero buena hija, buena hermana, buena cristiana, luego, cuando su madre murió y su hermana mayor emigró a la ciudad con su esposo, al fin la mediana casa rústica hecha básicamente de adobe, madera y teja en la que había nacido, fue totalmente para ella.
La viejísima casona, con dos pasillos solitarios en el interior, un patio central siempre iluminado de día por la luz del sol y cuatro sillas cubiertas por una techumbre de teja que hacía muchos, pero muchos años, ya nadie ocupaba, eran su escenario cotidiano.
La dama en cuestión, “de las solteronas” del pueblo, luego de coser y bordar carpetas, servilletas y rebozos, su rutina era ir a la Iglesia. El Rosario de las 6 era cita inevitable, en donde se aprovechaba para ‘chismear’ un rato las incidencias locales con las otras mujeres que también aprovechaban el rompimiento de la rutina.
Y Luego…de regreso por las polvorientas calles, a veces saludando a una que otra vecina, a veces a regañadientes por los balonazos accidentales que le lanzaban grupos de chiquillos sucios que jugaban en las callejuelas y por fin, la casa, la casa de sus padres, de sus hermanos, pero ahora, solamente “su” casa.
Pero María, que así se llamaba la mujer… también tenía en su rutinaria vida, otra afición…casi secreta… misteriosa, que solo “ella y Dios” conocían a ciencia cierta.
Cada noche, como sufría de insomnio crónico, sobre todo después de la muerte de su madre, María enfrentaba una guerra declarada contra sí misma para poder dormir.
Así es que desde hacía un buen tiempo, tomaba una desvencijada silla y la colocaba exactamente en la ventana de su recámara que daba a la solitaria callejuela donde vivía, calle por cierto que daba a la salida del pueblo y desde donde podía dominar con la vista la salida del caserío, el “camino viejo” y hasta el camposanto que se dibujaba en la lejanía, en una pequeña cima.
Y cuento todo esto, porque fue precisamente ahí donde comienza esta historia….



CAPÍTULO 2

“La vela”



Fue una de esas larguísimas noches, cuando María sentada en su ventana, medio alumbrada por una veladora encendida a San Martín de Porres, miraba atenta la soledad del Pueblo. Tantito por las caprichosas manifestaciones de viento, tantito por la vida de la minúscula llama, pero en las sombras se dibujaban formas extrañas….aunque María ya se había acostumbrado a esa tétrica “compañía”.
“No hay que tener miedo de las sombras…después de todo, son las únicas que nunca nos abandonan”, decía María a sus amigas cuando alguien le preguntaba si no le daba miedo vivir sola.
A veces, en la oscuridad reinante, se oían ladridos de perros a lo lejos, e incluso alguna vez María vio la figuras furtivas de una “parejita” que había decidido emprender una vida aparte, ‘escapándose’ por el “camino viejo”.
Pero aquella noche estaba como….diferente. El silencio era igual, si no es que más pesado que en el Camposanto, cuyas cruces se veían a lo lejos en el “camino viejo”.
Ni un ladrido. Ni el canto de un grillo. Ni siquiera el viento estaba presente. Nada. Incluso María llegó a pensar que le dolerían los oídos de tanto silencio.
Y fue entonces cuando comenzó…
María apenas sintió que podía quedarse dormida, así es que decidió quitarse el poncho de lana que le cubría sus piernas y levantarse a cerrar la ventana para irse a la cama; y fue ahí cuando vislumbró a lo lejos.
Primero fue como un grupo de luciérnagas que revoloteaban sobre el camino, luego aquello fue tomando una forma más clara, se veían como velas encendidas que flotaban sobre la tierra.
María escudriñaba con vehemencia el horizonte tratando de adivinar de qué se trataba. Incluso, abrió la ventana para poder ver con más claridad. El chirrido de las maderas al abrirse le dieron a la escena más expectación. Y hasta un chiflón de aire que entró a la hora de abrir, abruptamente apagó la veladora a San Martín.
Pero María ya lograba ver que se trataba de una procesión. Por las luces de las velas, se adivinaba que eran dos filas de personas que caminaban hacia la salida del Pueblo. Lo raro es que no hacían ningún ruido.
-“¿Serán los de la adoración nocturna?”. “No”, se repetía María a sí misma. “Hoy estuve en el Rosario y el Padre Jesús no dijo nada de esto”
Mientras María buscaba en su mente una explicación a este suceso, la procesión llegó hasta el frente de su casa.
La mujer expectante y un tanto asustada, trató de identificar de lo que se trataba y lo que vio, la horrorizó:
Se trataba de una procesión mortuoria. Al frente, cargado por seis figuras masculinas, iba el cuerpo amortajado de una persona.
- “¡Qué raro que no lo lleven en un cajón!, ¿¡Porqué en Mortaja!?”,  se preguntaba en su mente una y otra vez María, quien insistía en reconocer a algún vecino, conocido o habitante del pequeño Pueblo.
- “¡¡Nadie es conocido!!”, se decía una y otra vez.
Mientras, la procesión avanzaba con un silencio extraordinario. Solo velas encendidas en manos de figuras humanas que no se acababan de identificar.
Luego de algunos instantes que le parecieron eternos, por fin llegó el fin de la procesión. Fue entonces cuando la última figura de la fila se acercó a la ventana tomando por descuido a María, quien veía el avance a lo lejos de esta marcha funeraria.
-“¡¡Mujer!!”, le dijo una voz masculina. “Queremos pedirte un favor muy especial…hoy debe descansar en tu casa esta vela…mañana deberás estar a esta hora, aquí mismo, para que nos la regreses…¿Podrás hacer esto por nosotros?”.
María por su parte, casi saltó del susto y solo alcanzó a balbucear mientras por inercia extendía la mano y tomaba la lánguida vela
-    “¿Quiénes son ustedes?... no son del Pueblo verdad?... a dónde se dirigen?”
La voz, de la que nunca pudo María ver el rostro, solo le repitió la instrucción.
-    “No te preocupes por nosotros. Solo haznos este favor. Que la vela descanse en tu casa. Mañana regresaremos por ella”, y diciendo esto, sin más, la figura retomó su lugar en la procesión y terminó desapareciendo en la oscuridad del camino.






CAPÍTULO 3

“El cuerpo”



La mañana alegre, soleada, con el canto de muchos pajarillos en los árboles, disipó al menos por momentos lo sucedió apenas en la madrugada.
María se levantó de la cama, vestida aún con sus ropones de dormir, vio la ventana.
Estaba cerrada.
Bien cerrada por cierto.
-    “..Ummm no recuerdo haberla cerrado anoche”, pensó María, mientras se desperezaba extendiendo sus brazos al cielo.
Luego, caminó a su cocinita, encendió como cada mañana el fogón y mientras ponía café en una vieja olla de barro, comenzó a desmenuzar lo acontecido durante la noche.
Fue recordando paso a paso el incidente, al grado que llegó a dudar de sus propios recuerdos.
-    “Me debo de quitar de esa ventana ya, como me ha dicho doña Berta...no es bueno que esté yo de noche. Creo que ya comienzo a ver visiones…”
De pronto, se puso en pie rápido, pues recordó el asunto de la vela.
Recordó que la tomó en las manos, pero cuando la figura humana que se la había entregado regresó a la procesión, la vela se extinguió y aunque la contempló por varios minutos, comprobando que no tenía nada de especial, decidió guardarla en el viejo y grande baúl que contenía muchos recuerdos personales, y que había estado por décadas colocado junto a su cama.
María ya no esperó que saliera el café.
Atravesó rápido el patio, perfectamente asoleado, y cuando subió los dos escalones a su recámara incluso saludó con la mano por los vidrios de la ventana a una vecina que corría en la calle rumbo al molino con su nixtamal en una cubeta que cargaba en la cabeza.
Llegó al baúl, y por instantes lo pensó….
Luego, sin más, lo abrió de golpe, como lo hacía siempre que requería alguna cosa de él.

 


¡¡María pegó un grito y por un momento sintió que la tierra se hundía bajo sus pies!!.
Caminó hacia atrás agarrándose de las paredes de adobe.
Sus ojos estaban desorbitados.
Su boca abierta.
Sus manos en el pecho tratando de contenerlo.
¡María lanzó otro grito de horror!.
Para luego salir corriendo, trastabillando en el patio hasta el portón, así, en ropón de dormir.
Incluso la puerta quedó abierta de par en par…mientras el café se regaba en el fogón…

Y todo porque allá en el baúl, no había una vela.
Lo que estaba ahí adentro….

¡¡¡era un cadáver!!!

















CAPÍTULO 4

El Ánima




María como pudo, llegó corriendo a la Iglesia, quiso entrar por la enorme puerta principal, pero estaba cerrada a esa hora.
Vio que en el patio trasero estaba don Lucas, el sacristán y así, como loca, corrió hacia él.
-“¡¡El señor Cura don Lucas…El señor Cura!!”, le gritó María al asombrado hombre, que veía a la mujer en ropones de dormir.
Sin embargo el viejo y bonachón hombre tomó por los hombros a María para calmarla
-“¡¡Por Dios doña Mary, qué le pasó, qué le hicieron!!” y esas fueron las últimas palabras que alcanzó a oír María, pues se desmayó en los brazos de don Lucas…

Olor a alcohol, ruda, voces. Doña Berta, la Alicia y Vicenta, le hablaban tratando de hacerla reaccionar. También un poco más alejados, el padre Jesús, don Lucas y don Marcos.
_”Que te pasó María?”, era la pregunta que se repetía y repetía.
Por fin María pudo medio incorporarse...primero vio en dónde estaba. El padre Jesús le dijo firme:
-“No tengas miedo María, estás entre amigos. Llegaste a la Parroquia y te desmayaste…qué fue lo que te sucedió, que medio pueblo te vio correr como loca de tu casa…incluso don Carlos el tendero, fue a cerrar tu puerta, porque la dejaste abierta, ¿qué te sucedió?”.
María, en medio de lágrimas y en momentos asaltada por el terror, comenzó a narrar paso a paso los detalles de la noche anterior.
Conforme la narración de la humilde mujer avanzaba, los presentes se santiguaban.
Incluso el padre Jesús, quizá sin darse cuenta, apretaba cada vez con más fuerza un crucifijo que llevaba en la mano.
Luego, cuando por fin María llegó en su narración al punto de haber visto el cuerpo inerte de un hombre tendido adentro de su Baúl, un viento frío inundó la Parroquia y las veladoras a los santos temblaron, amenazando apagarse, lo que provocó que las mujeres cayeran de rodillas invocando a las divinidades y el padre Jesús y los hombres invocaran con fuerza el “Jesús María y José”…



_ “¡¡Qué has hecho Mujer?!”, fue la primera expresión del Padre Jesús.
El Cura, un hombre de edad adulta, centrado, sabio, comenzó a explicar que “El día Dios lo hizo para los vivos, pero por eso Dios dictaminó en su sabiduría que los vivos duerman de noche, porque de noche es el momento en que las ánimas benditas del purgatorio salen a la tierra a penar, intentando con ello exculpar sus vidas de pecado”.
-“María, lo que tú has visto no es otra cosa más que la procesión eterna de las ánimas benditas del purgatorio que noche a noche recorren la tierra entera en busca de descanso. Pero lo peor, es que ahora te has involucrado directamente con ellas; has hablado con ellas; has roto el equilibrio de los mundos, en que los muertos, muertos están y los vivos, deben dejarlos descansar en su mundo”.
Un silencio reinó por muchos, muchos minutos en el curato de la Iglesia, que es donde estaban todos reunidos.
Fue doña Berta la que rompió el silencio, cuestionando directamente.
-“Y ahora, qué podemos hacer, porque sin duda que esta procesión regresará por la noche a la casa de María…”
Luego otra vez el silencio.
Incluso el padre Jesús se rascaba nervioso la cabeza. Caminaba de un lado a otro con su crucifijo en la mano y hurgaba entre libritos que tenía en el enorme y vetusto librero.
Por fin, después de lo que pareció una eternidad, el padre Jesús habló:
-“Hija, no podemos como tus hermanos hacer mucho por ti, porque solo tú podrás ver a las ánimas. Procuraremos darte la mayor protección a tu persona y rezar por ti, pero tendrás que ser tú sola la que enfrente este dilema”.
Acto seguido sacó de un viejo mueble de madera una bolsa de cuero con múltiples objetos.
-“Estas son reliquias: la cédula de San Ignacio tendrás que llevarla en tu mano derecha, mientras entregas con la izquierda la vela que te requerirán. El Cristo de la Misericordia deberá colgar de tu cuello, al igual que a tu espalda deberás colgar a San Martín de Porres. Tu ventana deberá tener colocada en el dintel a San Miguel Arcángel. Jamás deberás hablar ni una sola palabra con el ánima que se dirigirá a ti, pero sí deberás recitar el santo rosario mientras dure tu encuentro con el más allá”.
Doña Berta y don Marcos preguntaron:
-“Y con eso señor Cura respetarán la vida de María?…”
-“La verdad no lo sé”, dijo con tono muy serio el sacerdote. “Pero esperemos en la Misericordia de Dios”.








CAPÍTULO 5

“Nunca Jamás”




Todo ese día fue de mucha tensión en la Parroquia.
Y es que en tratándose de un pueblo pequeño…al medio día todo mundo hablaba del suceso.
Incluso muchos se presentaban en la Iglesia, en donde el padre Jesús había ordenado a las diferentes congregaciones que rezaran el Rosario en cuatro momentos del día.
Mientras María, la mantuvieron en el curato: doña Berta, don Marcos, don Lucas, la Alicia y la Vicenta se mantuvieron con ella por órdenes del señor Cura.
EL tiempo pasó inexorablemente y a las 7 de la noche, el padre Jesús se dirigió a María:
-“Hija, ha llegado el momento. Tienes que asistir a tu cita con el destino. Como tus hermanos te hemos provisto de todo lo que podemos. Ahora, solamente Dios podrá hacer el resto”.
Con mucho miedo y acompañada hasta la puerta por doña Berta, María regresó a su casa. El café regado en el fogón había apagado la lumbre y había mojado unos olotes que estaban abajo.
Revisó y por lo demás, todo estaba en orden. En demasiado orden, en contraste con el día y las emociones que se habían vivido las últimas horas.
Por fin, María se armó de valor y subió los dos escalones hasta su recámara. El gran baúl estaba ahí, abierto, como se había quedado por la mañana.
El Padre Nuestro y el Ave María se recitaban una y otra vez en los labios de la aterrada mujer conforme avanzaba.
Cuando por fin pudo vislumbrar al interior, vio, con cierto descanso, que el cadáver se había convertido una vez más en una vela.
Las horas pasaron.
Las 8.
Las 9.
Allá en la Parroquia tocaron las campanas. Toque de duelo, que el padre Jesús había instruido al campanero en un afán de convencer a las ánimas benditas del purgatorio de que su paso por el mundo, como seres vivos, ya había llegado a su fin.
Aquella noche nadie salió de su casa y por el contrario, se sellaron puertas y ventanas.
Las 10
Las 11
Las 12
María, un poco más resignada “a lo que Dios quiera” y consciente de que su extraña afición le había traído severas consecuencias, decidida tomó la silla, abrió la ventana de par en par y se sentó a esperar.
No se sabe cuánto tiempo pasó.
Muchos vecinos cuentan que a las 12 y media de la noche los perros de todo el pueblo se unieron en un aullido lastimero.
A la misma hora un extraño viento llegó a las callejuelas desiertas.
Allá en el curato, el padre Jesús, hincado ante el Altar, rezaba con todas sus fuerzas.
Doña Berta quiso salir a verificar el estado de su amiga María
-“Me siento con responsabilidad…su mamá me la encargó antes de morir”, argumentó ante sus aterradas hijas y su esposo, pero definitivamente no la dejaron salir.
Así transcurrió toda la noche.
Una noche que pareció, nunca jamás terminaría.











EPÍLOGO




Apenas salió el sol, doña Berta saltó de su cama, se puso un viejo chal, sus medias de lana, un curioso forro para la cabeza y salió corriendo a la calle.
Antes de salir y ante la premura, sus somnolientas hijas le preguntaron a dónde iba.
-“No me lo van a creer pero tuve una pesadilla espantosa sobre mi amiga María. Soñé un montón de cosas extrañas y que hasta las ánimas benditas del purgatorio pasaban por el pueblo y pues que se la querían llevar por una vela y cosas así. ¡Algo espantoso!”. Les dijo.
Al oír esto, las hijas estallaron en risas de burla, para después decirle.
-”Ah, María, la loca que vive en la salida del pueblo. ¡Mamá, a esa mujer ni las ánimas del purgatorio la aceptarían! Y si soñaste todo eso fue porque estuvieron tocando las campanas por la muerte de don Blás. ¡Te sugestionaste!”.
-“Niñas, más respeto. María no está loca...bueno, quizá un poco loca, pero después de haber perdido en la barranca a sus padres y a su hermana, cualquiera quedaría afectado ¿no creen?. Además respeten a esa muchacha enferma y déjenme ver si ya pudo hacerse por fin algo de comer ella sola…”
Doña Berta tuvo que recorrer medio pueblo hasta la última calle, la que da derechito al ‘camino viejo’ y al camposanto, en donde María vivía en la última casa, pasando antes por los terrenos de don Blás, que ya por viejito, había fallecido un día antes, por lo que lo estuvieron velando toda la noche en su troje.
El caso es que doña Berta descansó un poco su alma cuando ya a lo lejos vio, como siempre, a María sentada en la ventana de su viejísima recámara, como siempre, con la mirada perdida, viendo hacia la calle.
-“Por las fachas, se entiende que esta mujer no se acostó en su cama en toda la noche”, pensó doña Berta, quien era la única persona en todo el pueblo que siempre se preocupaba por María y siempre le insistía en que al menos alguna vez se decidiera ir a la Iglesia, “¡a ver si se te salen los chamucos que traes adentro!”.
-“¡María, María!, ¡Ábreme, soy Berta!”, gritó la visitante, distribuyendo en su cabeza al mismo tiempo, el rato en que habría de atender a María, para luego asistir al entierro de don Blás.
Mientras, María acabó de bajar como sonámbula, como siempre, con la mirada perdida, sin expresión en el rostro, despeinada, con un viejísimo ropón de dormir que jamás se quitaba para nada.
Acto seguido abrió el vetusto y apolillado portón, que en la acción, generaba rechinidos que se oían hasta las casas vecinas.
-“¡Ay María!, ¡dime que no te acostaste anoche por estar como siempre viendo por la ventana!”, le regañó doña Berta al entrar apresurada al patio a encenderle el fogón para poner café.
Doña Berta caminó segura a la cocinita a la que por años solo ella había entrado, pues le aterraba a María ir para allá.
Pero aquella mañana, en silencio, como un fantasma, María la siguió hasta el interior.
Fue cuando doña Berta, al llenar la olla con agua, se detuvo un instante a ver a María.
La olla cayó de sus manos, mientras quedaba muda de horror, cuando vio que con aquella mirada perdida de siempre…

 

…María le extendía una extraña y enorme vela que llevaba entre sus brazos…



No hay comentarios: